viernes, 18 de enero de 2013

Luvina

Hace una semana abrí "El llano en llamas" al azar, y empecé a hojear un relato que hacía muchísimo que no leía, tanto que me había olvidado casi completamente de él, no en vano siempre que pensaba en esta colección de cuentos me venían a la mente "No oyes ladrar los perros", "Diles que no me maten" o "La noche que lo dejaron solo". El relato se llama "Luvina". Y en él hallé, estupefacto, todas las claves de las historias que escribo, principalmente aquellas en que está involucrada Zabiega, que es mi modesto Estado de Jalisco, su estado natal, igual que, como veréis, Vega es mi San Juan Luvina. Luvina es un pueblo, una aldea en algún enclave rural de Oaxaca. El relato consiste en el diálogo (casi podíamos decir monólogo, pues el interlocutor no habla) de un hombre que habla sobre su experiencia fatal en esa aldea. El relato es magistral, absolutamente perfecto en su desolación. Y varios fragmentos me pusieron los pelos de punta, como el que habla del viento enloquecedor:
"Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo tuvieran encañonado en tubos de carrizo"
O el del cielo triste de Luvina:
"Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nunca."
Este fragmento, en especial, casi me hizo saltar las lágrimas:
"Por cualquier lado que lo mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza."
Y este diálogo entre el narrador y su mujer, la primera noche en Luvina:
-¿Qué es? -me dijo.
-Qué es qué? -le pregunté.
-Eso, el ruido ese.
-Es el silencio
En Luvina la coordenada del tiempo se expande, se alarga:
"Y es que allá el tiempo es muy largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban."
Pues no en vano, igual que Comala era el infierno...
"San Juan Luvina, me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien ladre al silencio."

Tuvo que acudir el azar para que abriera el libro en esa página y supiera que todos los motivos de Vega y Zabiega, todas las constantes, todas las claves estaban en realidad en este relato. Luvina ha vivido dentro de mí todos estos años sin yo saberlo, como un virus latente, esperando a liquidarme. Y me ha liquidado. Daría cualquier cosa por ser capaz de escribir unas líneas como las que escribió el grandísimo Juan Rulfo.

1 comentario:

Pedro dijo...

Pues francamente me alegro del descubrimienrto, tenía yo un cierto cargo de conciencia con haber encontrado la similitud aquella de jarramplas-Caceres pero ahora que el propio autor se auto inmola ya esta mas claro.

Tu subconsciente es mas potente de lo que pensabas