Si alguien quisiera regalarme un libro, debe saber que hay tres tipos de libros que nunca leería. El primero, todo asunto de autoayuda de cualquier estilo; el segundo, todo lo que hayan escrito César Vidal y Alfonso Ussía; y, por último, los libros de aforismos.
¿Que qué me pasa con los aforismos? Antes de decir nada, que conste que reconozco el trabajo y la concentración que debe suponer exprimirse el cerebro para producir una brevísima idea que intente encerrar un universo en ella. Pero es que me hablan de aforismos y recuerdo mis quince años, con aquellas frases de Tagore escritas en las carpetas de mis contemporáneos (más bien, contemporáneas), sobre todo aquel de las lágrimas y las estrellas, que me caía al estómago tan pesado como las descomunales milhojas de la pastelería La Pili de Ponferrada. No, no me van los aforismos, me resultan pretenciosos, y sólo me veo capaz de asimilar un par de ellos al día para no intoxicarme de sapiencia. Qué decir, pues, de trescientos en fila... Ni hablar.
Sin embargo sí hay algunos aforismos que me gustan, y que no tienen nada que ver con lo trascendente, con lo pretendidamente reflexivo. Algunos de Woody Allen, o de Groucho Marx, por ejemplo, me parecen geniales. Pero para poner un ejemplo, parafraseo (el contenido es aproximado: no los recuerdo de memoria) dos de mis favoritos, ambos de Les Luthiers, como no podía ser de otro modo. Ambos tienen ese sabor oriental que los hace más aforismos todavía:
"Buscarás el Conocimiento en Shi-ho. Buscarás la Trascendencia en Waba-si. Buscarás la Espiritualidad en Hoku-Yu. Pero la Paz... La Paz se encuentra en Bolivia."
"Anoche vi cómo desde el estanque de mi jardín se elevaba un dragón rojo con cuyas alas abrazaba la Luna... Tengo que beber menos."
Tal vez estéis en desacuerdo conmigo, pero para gustos...




