(CONTINÚA)
Ángel dejó a su alter ego de la pantalla estrangulando a una furcia a la que previamente se había beneficiado con todo lujo de detalles y se levantó.
—Estamos encerraos, Ángel —dijo, rompiendo a llorar. Ángel la consoló muy brevemente, y pegó la oreja a la hoja de la puerta. El tipo aquel de blanco estaba hablando por teléfono; su interlocutor debía de estar en un lugar con baja cobertura, ya que el tipo gritaba para hacerse entender.
—¿Un niño gordito? ¡No, señor Fábregas, este es más bien delgadín, pero si me da un poco de tiempo lo engordo sin problemas! ¿Cómo? ¿Cuánto? ¡Un par de semanas a bollicaos y ya verá usted!
¡Bollicaos!, exclamó Ángel, exultante. Greta, que también escuchaba, se le quedó mirando estupefacta.
—¿Y no le interesaría una niña? ¡Tengo aquí un diamante en bruto! ¿No? ¡De acuerdo! ¡En dos semanas le hago el envío!
Desconectó el móvil, se frotó las manos y se sentó al ordenador, planeando la estrategia futura. Mientras, Greta intentaba convencer a Ángel de que no se alegrara tanto por los bollicaos, cosa que él no comprendía. Greta probó a ser menos sutil, a ver si así se enteraba su hermano de la situación.
—Joder, Ángel, que te van a engordar para que te trinque un viejo vicioso, ¿es que no te das cuenta?

—Hostia, tía, ¿estás segura?
—¡Claro, gilipollas! ¡Tenías que ver más películas y jugar menos a la Play! ¡No te enteras de nada!
—¿Y a ti…?
—Tío, pues a mí me estará buscando otro pediatra de esos.
—¿Pediatra?
—¡Sí, joder! Esos a los que les molan los niños…
—Se llaman piedrófilos, burra.
—Pues piedrófilos, joder. El caso es que hay que huir de aquí.
—Y pensar que Mari Puri nos confiscó el móvil porque era mejor que el suyo…
—En todo caso, dudo que a papá se le diera por rescatarnos. Él ante el bisnes no ve más, qué cabrón.
—Ya pensaremos algo —dijo Ángel, viendo de reojo unas bolsas de Cheetos y Bugles 3D en una esquina de la sala —; vamos a jalar, tía.
Pasó una semana de snacks, juegos de consola, refrescos y largas siestas. Ángel había echado unos kilillos de más, dado que tenía prohibido moverse de delante del televisor, excepto cuando se iba a dormir; Greta estaba encargada de barrer y limpiar la casa, incluso la sauna, que le daba bastante asco porque le parecía que lo que había en el suelo cuando salía el raptor era grasa o algo peor. La verdad es que les trataba bien, solo que los tenía atados con un ingenio de fibra óptica que no les daba autonomía suficiente para salir de la casa. De vez en cuando sonaba un ¡bing! en el ordenador, y los críos se echaban a temblar en caso de que los piedrófilos anunciasen su inminente llegada. El seboso guardaba una tarjeta que desconectaba el dispositivo que los amarraba a un soporte de la pared de la habitación. La cuestión era cómo hacerse con ella, dado que estaba fuera de alcance y el seboso nunca salía de casa.
—Tío, vas a acabar como Torrente.
—¿De burro?
—No, coño, de gordo. Cuanto más comas, antes vendrá el piedrófilo.
Todo consejo era en vano. Ángel había encontrado el paraíso, y las consecuencias de su felicidad presente le importaban bien poco. A Greta el secuestrador le traía ropa interior sexy para probar, algo que a ella, justo es reconocerlo, le encantaba. Él la miraba con arrobo, y se marchaba musitando: ¡Un diamante! ¡Esta, para el señor Montiel!
La segunda semana pasó con las mismas rutinas. Ángel a duras penas entraba en los pantalones, y la camiseta parecía un top; Greta, mientras tanto, había notado que el secuestrador seboso poco a poco iba descuidando la vigilancia. Y fue el viernes de esa semana, mientras Ángel se revolcaba por el suelo de la risa con los dibujos de un niñato nipón malhablado, cuando le dio por darse una de esas largas sesiones de sauna, sin percatarse de que había desconectado accidentalmente el dispositivo de retención. Greta, ojo avizor, aguardó a que el tipo cerrara la puerta, de madera nórdica clara y noble, y rápidamente se abalanzó contra ella, cerrándola desde fuera a cal y canto. Acto seguido subió la temperatura al máximo en un dial, y pasó a deshacerse del incómodo cableado que la ataba por la cintura y la entrepierna, a modo de pañal altamente tecnificado. Tuvo que convencer a su hermano de que dejara de una puñetera vez de ver la tele y se liberara de sus ataduras, cosa que resultó ardua: me refiero a lo de la tele. Por fin, tras una patada en el bajo vientre, lo alejó del embrujo televisivo y accionó los resortes que abrían la puerta delantera de la casa, no sin antes pasar por el despacho y apoderarse de un maletín negro bastante pesado que todos los días admiraba arrobado el tío seboso.
Desde la entrada no se oían los gritos del secuestrador piedrófilo, pero sí su cara como de quisquilla apoyada contra el ventanuco de la puerta, sin duda profiriendo alaridos que se irían difuminando a medida que se churruscase. Era fascinante lo bien insonorizado que estaba todo en aquella casa. Era una escena casi irreal, una tele sin voz, un mimo espectacular. Greta salió al fresco de la tarde, oteó el horizonte y divisó a lo lejos un cielo manchado de negro. La ciudad, supuso. Agarró de la mano a Ángel, bastante remiso a largarse, y ambos partieron dirección norte-nordeste, hacia su hogar.
Tuvieron que cruzar dos autovías, una autopista, tres circunvalaciones y varias carreteras comarcales (o una sola, quién sabe) hasta que se empezó a intuir el comienzo balbuciente de la urbe. Había casas de uralita y chapa, otras de piedra, pero solo en la estructura, y sin nada en el interior excepto las hogueras de sus inquilinos; estas edificaciones fueron cediendo terreno a viejos edificios de protección oficial construidos en los cincuenta, casitas unifamiliares angostas y desvencijadas y, finalmente, bloques clónicos de los sesenta y setenta. Avanzar hacia el centro era como caminar sobre décadas. Nada les sonaba familiar, hasta que, mirando a la derecha, vieron una antigua chimenea de ladrillo semiderruida, que formaba parte de una vieja factoría de quién sabe qué. Allí su papá solía hacer bisnes, de eso estaban seguros. Dejaron el maletín en el suelo. Pesaba como un muerto. Se sentaron sobre él y recobraron aliento para ponerse de nuevo en camino.
Tres horas más tarde cruzaban su calle, saltaban la zanja del gas y entraban, por fin, en su humilde casita. Unos ronquidos les confirmaron la presencia de su padre. Sobre el suelo de la cocina yacía boca arriba, el pecho subiendo y bajando como si un ser que habitara en él pugnara por salir. A modo de almohada tenía un brik de Don Simón. Ángel le dio una patada en el pie, por lo que se despertó sobresaltado.
—¡La pasma! —aulló, y miró en derredor, asimilando dónde se hallaba—. ¡Hostia, troncos, que me vais a matar del susto! … ¡Joder, Angelito, qué gordo te has puesto, cabrón!
Angelito se arrepintió de no haberle dado la patada en los huevos, y Greta se quedó mirando a su progenitor, consciente de que este ni siquiera se había enterado de la falta de sus hijos durante ese tiempo.
—¿Y Mari Puri? —preguntó Greta, extrañada de no verla pintando las uñas de los pies sobre el bidé.
—¡Joder, Mari Puri! ¡Se piró con el tío del gas! —miró al falso techo descascarillado, teatralmente— ¿Qué es lo que quieren las pibas de hoy en día? ¡Ingrata!
—Cierra la muy, Riqui —cortó Ángel, aún encendido por lo del sobrepeso—. Mira lo que tenemos aquí, pringao. Me río de tu bisnes, tío: ¡somos ricos!
A Riqui le podrían haber enseñado el Grial, la fórmula secreta de la Coca Cola o una foto de Carmen Electra en bolas, y habría surtido el mismo efecto: ninguno. Por fin, después de descoser las legañas y encajarse la mandíbula tras un fenomenal bostezo, consiguieron arrimarlo al tesoro: un maletín alfombrado de billetes de cien euros. Riqui no parecía ser capaz de procesar aquella información. ¿Pensaría que era el Monopoly?
—¡Tío, que son miles de euros! ¡Kilos de pelas, gilipollas! —definitivamente, si algún día había existido algo similar al respeto, ya se había perdido del todo.
—Educación, niña, educación ante todo, me cago en to lo que se menea —se agachó y tocó los billetes como si probase la temperatura del agua del baño; los miró estupefacto, con aquellos ojos que supuraban hachís—. Hostia, chavales, esto es un pastón que te cagas. ¿Lo hais robao? —preguntó, una sombra de admiración cerniéndose sobre su rostro moreno y alelado.
—Riqui, el que roba a un ladrón…
—…¡buena sombra le cobija! —acabó, triunfalmente, el refrán que había iniciado Ángel— . Pero vamos a ver, ¿a quién le chorasteis la tela?
—A un piedrófilo de esos. Quería vendernos a otros piedrófilos.
—Querrás decir pediatra, niño —interrumpió Riqui—. ¡Puto mundo, lleno de asesinos y pediatras! ¡Degeneraos! ¡Pero alegrémonos! ¡Tíos, la vida va a cambiar! —saltó, ahora por fin exultante—. ¡Compraremos un bemeuve, un joncinema, un peluco Viceroy…!
—…¡y la colección completa de las Bratz!
—¡Y la PSP! ¡Y la Play 3!
—¡Bueno, bueno, no sus paséis! ¡La pasta gansa la maneja el menda, que vosotros sóis menores!
—Riqui, pero piensa que podríamos cambiar de barrio, comprar un pisito al lado del Carrefour. Tío, estamos hasta el culo de las putas maras: ya han palmao tres tíos en la calle.
—Y de los malotes del insti, joder. Les tenemos que dar hasta las bragas.
—¿Cambiar de barrio? ¿Estáis locos? ¿Y qué pasa con el bisnes? ¿Voy yo, Ricardo Plasencia, a abandonar a mis clientes? ¡Yo soy un servicio público, como los taxis!
—Más bien será como los váteres, Riqui, que vaya clientes te echas: casi todos muertos de la mercancía que les das, y los que no, yonquis.
—Tío, no hay quien se cargue a un yonqui. Son indestructibles. ¿Qué los dan? —se preguntó Riqui—. Pero no se hable más. Del barrio no nos movemos, cojones.
Ángel y Greta se miraron. Pensaron lo fácil que sería cargarse a Riqui y quedarse con las pelas. Pero deberían esperar unos años a ser mayores de edad. ¿Duraría la pasta ese tiempo? Definitivamente no. Se miraron de nuevo, leyéndose los pensamientos. ¿Notaría alguien que Riqui había desaparecido? No. Al menos les quedarían unos añitos fundiendo las pelas, libres por fin de ataduras. Se quedarían en el barrio: ¡qué remedio! Pero esa tarde, Greta llenaría la bañera de agua, invitaría a su papá a darse un bañito relajante, y Ángel metería en la bañera el radiocassette enchufado a la corriente. Al día siguiente iban a rellenar la zanja del gas. Nadie notaría que debajo de unas mantas corroídas y unos cuantos cascotes yacía el cuerpo churruscado de Riqui. Tardarían decenios en volver a abrir la calle de un barrio conflictivo y deprimido como el suyo, por lo que cuando se hallaran los restos, nadie sabría a quién pertenecían. Para ese entonces, años después de haber despilfarrado el pastón en fruslerías, Greta sería una stripper de barrio, y Ángel viviría del bisnes, como su padre. Pero al menos, en el baúl del desván, reposarían, felices y gastadas, todas las muñecas y todas las maquinitas que compraron en un centro comercial durante aquellos días frenéticos de abril posteriores al parricidio.
FIN